Una imagen bastante satisfactoria de Galicia sería la de un peñasco granítico, elipsoide, aislado de la unidad o sistema rocoso del que la erosión lo ha separado, casi libre y envuelto en la atmósfera, sólo apoyado sobre una superficie de la misma naturaleza, ligeramente curvada. Rayas finas, poco profundas, señalan en la rugosa, pero no abrupta superficie el plan de ataque y el iniciarse de la constante erosión. El color de la piedra sólo aparece patente y por pocos días en los cortes realizados por los canteros. Es de un blanco unánime y puro, al contacto del aire vuelto de un gris de niebla o de nube, más oscuro si llueve. Como si un pudor mineral asustándose de la desnudez cósmica exigiera del aire la defensa de ese ligero velo. La piedra no entra pura en la historia, es decir, en la atmósfera y en la superficie de poco espesor donde ella mantiene la vida y prodiga, no ciegamente, las modulaciones variadísimas, no ciegas o fortuitas de las formas. En la superficie del peñasco —en gallego es llamado «penedo» o «outeiro»— los musgos y los liqúenes tienden manchones circulares muy irregulares: casi blancos, a veces rojos, fríos, de variados grises a veces muy bellos, secos y crujientes al tacto en días ardientes y cálidos, suaves y de mayor espesor en ambiente de lluvia. Sobre la poderosa unidad del peñasco esas líneas, pautas para el desarrollo de la erosión —que si son profundas y articuladas se llaman en geología «diaclasas»— pueden ser comparadas a los valles como la misma tónica cromática gris y los manchones extensos o pequeños y dispersos de la vegetación elemental a la vida en su película unánime y a la población humana.
Existen en Galicia muchos ejemplares de esas solitarias unidades. Pero lo general es que la erosión activa —la lluvia, la escarcha, el viento— ahondando y ensanchando las diaclasas llega a fragmentar la unidad en varios segmentos convexos por su cara externa, cóncavos por la interna, inclinados como en rueda a partir del centro, como una naranja abierta, con los gajos tumbados hacia afuera y sólo débilmente unidos en sus extremos inferiores. Es también el esquema de la flor marchita, con los pétalos muy tendidos, de pina de las coniferas muy abierta. Al llegar a este grado, la vegetación baja, el matorral y aun los árboles se instalan rápidamente en el abierto corazón del peñasco, se forma y espesa un corto suelo vegetal y sólo la imaginación y el cálculo permiten representarse la unidad primitiva. He aquí una ley bien sencilla. Podemos aplicarla a la totalidad de la Galicia granítica que es la más extensa y occidental, la generosamente abierta al Atlántico, y suponer en las graves y redondeadas sierras, los tendidos y acupulados valles, el profuso mundo telúrico y marino de las Rías, volúmenes y formas, más o menos individualizadas de una formidable y sencilla unidad originaria. En las montañas de Avión, orensanas, en las colinas abruptas determinantes de los amplios, lentos y reposados valles pontevedreses aparecen admirables composiciones de esos peñascos «diaclasados», abiertos, en gallego denominados generalmente «outeirás», «outei-rales», o «cotos». Se podrá considerar inútiles estas sencillas deducciones ante el espectáculo tan inmediato y actual del paisaje. Responden a una exigencia del espíritu. El deseo, casi el instinto, de descubrir o imaginar la génesis de las formas. El paisaje es siempre un proceso.
Nunca la inmovilidad de un cuadro o de una decoración teatral. Lo actual es sólo un momento —de siglos en la génesis de un valle o de una cultura— de días, de casi horas en el florecer primaveral. Y quien no acostumbre a captar en ese estilo de suceder el paisaje no entenderá nunca el gozo profundo que produce, sus estadios hacia la perfección o la decadencia. Consideremos un pequeño lugar, de tipo [...]